Anónimo.
Escenario 1: Francisco y Marcos se reparten puñetazos después de clase.
1950: Los compañeros los animan, Marcos gana. Se dan las manos y terminan siendo amigos con buenos recuerdos de la época escolar.
2010: La escuela se cierra. Se proclama el mes anti violencia escolar, Crónica titula en cinco columnas el asunto y Canal 13 se aposta frente a la puerta del colegio para presentar el noticiero, entrevista al caramelero incluida.
Escenario 2: Juan no se queda quieto en clase. Interrumpe y molesta a los compañeros.
1950: Va a la dirección, se queda parado una hora, sale el director, lo "caga a pedos" y vuelve "mosca" a clase.
2010: Lo derivan al depto de psiquiatría, lo diagnostican como hiperkinético, el psiquiatra le receta Rivotril. Se transforma en un zombie. Los padres tramitan una subvención por tener un hijo discapacitado.
Escenario 3: Luis rompe el cristal de un coche en el barrio.
1950: Su padre saca el cinturón y le emboca unos cuantos cinturazos en la cola. A Luis ni se le cruza por la cabeza hacer otra nueva "cagada", crece normalmente, va a la universidad y se convierte en un profesional exitoso.
2010: Arrestan al padre de Luis por maltrato. Lo condenan a cinco años de cárcel y por 15 años debe abstenerse de ver a su hijo. Sin la guía de una figura paterna, Luis se vuelca a la droga, delinque y queda preso en una cárcel especial para adolescentes.
Escenario 4: José se cae mientras corría una carrera en el patio del colegio, se raspa la rodilla. Su maestra, María, lo encuentra llorando y lo abraza para reconfortarlo...
1950: Al poco rato, Juan se siente mejor y sigue jugando.
2010: María es acusada de abuso sexual, se enfrenta a tres años de cárcel. José pasa cinco años de terapia en terapia. Sus padres demandan al colegio por negligencia y a la maestra por daños psicológicos, ganando ambos juicios. María renuncia a la docencia, entra en severa depresión y se suicida.
Escenario 5: Disciplina escolar.
1950: Hacías quilombo en clase... el profesor te metía dos buenos castañazos. Al llegar a casa, tu viejo te propinaba otros dos.
2010: Hacés quilombo. El profesor te pide disculpas para reprenderte y se queda con culpa por hacerlo. Tu viejo va al colegio a quejarse y denunciar al docente y para consolarte te compra una moto.
Escenario 6: 31 de octubre.
1950: Llega el día del cambio de horario de invierno al horario de verano. No pasa nada.
2010: Llega el día del cambio de horario de invierno al horario de verano. La gente sufre trastornos del sueño, depresión y celulitis.
Escenario 7: El fin de las vacaciones.
1950: Después de comerse una caravana interminable con toda la familia metida en un Fiat 600 tras 15 días gasoleros en la costa, se terminan las vacaciones. Al día siguiente se trabaja y no pasa nada.
2010: Después de volver de Cancún, en un viaje "all inclusive", se terminan las vacaciones y la gente sufre del síndrome del abandono, pánico y seborrea.
Ahora, que alguien me diga...
¿cuándo fue que nos volvimos TAN pelotudos?
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Anónimo. Imágenes ilustrativas obtenidas a través de Google Imágenes.
Un
profesor, delante de su clase de Filosofía, tomó sin decir palabra un frasco grande y vacío de mayonesa y procedió a llenarlo con pelotas de golf. Preguntó luego a sus estudiantes si el frasco estaba lleno; los estudiantes estuvieron de acuerdo en decir que sí.
Así que el profesor tomó una caja llena de bolitas, y la vació dentro del frasco de mayonesa. Las bolitas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf; el profesor volvió a preguntar a los estudiantes si el frasco estaba lleno, y ellos volvieron a decir que sí.
Tomó entonces una caja con arena y la vació dentro del frasco. Por supuesto, la arena llenó todos los espacios vacíos y el profesor preguntó nuevamente si el frasco estaba lleno. En esta ocasión los estudiantes respondieron con un ¡sí! unánime.
Agregó enseguida dos tazas de café al contenido del frasco, y efectivamente llenó todos los espacios vacíos entre la arena. Los estudiantes reían en esta ocasión. Cuando la risa se apagaba, el profesor dijo:
Quiero que se den cuenta de que este frasco representa la vida.
Las
pelotas de golf son las cosas importantes, como la familia, los hijos, la salud, los amigos, las cosas que nos apasionan. Son cosas con las que, aún si todo lo demás lo perdiéramos y sólo éstas quedaran, nuestras vidas aún estarían llenas.
Las bolitas son las otras cosas que importan, como el trabajo, la casa o el auto.
La arena es todo lo demás, las pequeñas cosas. Si ponemos la arena en el frasco primero, no habrá espacio para las bolitas ni para la pelotas de golf. Lo mismo ocurre con la vida.
Si gastamos todo nuestro tiempo y energía en cosas pequeñas, nunca tendremos lugar para las cosas realmente importantes. Presten atención a las cosas que son cruciales para su felicidad. Jueguen con sus hijos, tómense tiempo para ir al doctor, vayan con su pareja a cenar, practiquen su deporte o afición favorita.
Siempre
habrá tiempo para limpiar la casa y reparar la llave del agua. Ocúpense primero de las pelotas de golf, de las cosas que realmente importan. Establezcan sus prioridades, el resto es sólo arena.
Uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó qué representaba el café. El profesor sonrió y dijo:
¡Qué bueno que lo preguntes! Sólo es para demostrarles que, sin importar cuán ocupada tu vida pueda parecer, siempre hay lugar para un par de tazas de café con un amigo.
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De Mario Rosen. Imágenes ilustrativas obtenidas a través de Google Imágenes.
En mi casa me enseñaron bien...
Cuando yo era un niño, en mi casa me enseñaron a honrar dos reglas sagradas:
1) En esta casa las reglas no se discuten.
2) En esta casa se debe respetar a papá y mamá.
Y
estas reglas se cumplían en ese estricto orden. Una exigencia de mamá que nadie discutía... ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con una simple amenaza: ya van a ver cuando llegue papá. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar... porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.
No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.
Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviador saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada; me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas; y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes, como eran lavarse las manos antes de sentarse a la mesa o escuchar cuando los mayores hablan.
Había otro detalle: las personas que me imponían las reglas las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera. Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura”, que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente.
La
travesura y el castigo pertenecían a un sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental: no había culpables sin castigo, y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible. El castigo era una salida terapéutica y elegante para todos, pues alejaba el rencor y trasquilaba a los privilegios. Por lo tanto las travesuras no eran acumulativas. Tampoco existía el dos por uno. A tal travesura tal castigo. Nunca me amenazaron con algo que no estuvieran dispuestos y preparados a cumplir.
Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un boludo, si me lo permite).
El mundo al cual me arrojaron sin anestesia estaba patas para arriba. Conocí algo que, desde mi ingenuidad adulta (sí, aún sigo siendo un ingenuo), nunca pude digerir, pero siempre me lo tengo que comer: la impunidad. ¿Quiere saber una cosa? En mi casa no había impunidad. En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.
Le explicaré. Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie: al rincón, por tanto tiempo, y listo... y ni un minuto más, ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.
Las reglas eran claras. Los castigos eran claros. Así fue en mi casa. Y así creí que sería en la vida. Pero me equivoqué. Hoy debo reconocer que en mi casa de la infancia había algo que hacía la diferencia, y hacía que todo funcionara. En mi casa había una tercera regla no escrita y, como todas las reglas no escritas, tenía la fuerza de un precepto sagrado. Ésta era la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:
3)
No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.
Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo. Eso es lo que nos arruinó: la insolencia. Usted puede romper una regla (es su riesgo) pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente: tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes. La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar... así no hay remedio.
El mal de los argentinos es la insolencia. La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza. La insolencia hace un culto de cuatro principios:
- Pretender saberlo todo.
- Tener razón hasta morir.
- No escuchar.
- Tú me importas, sólo si me sirves.
La
insolencia en mi país admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación. La insolencia en mi país logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira. Así nos vamos a quedar sin trabajo todos. Porque a la insolencia no le importa, es pequeña, ignorante y arrogante.
Bueno, y así están las cosas. Ah, me olvidaba, ¿serían las reglas sagradas de mi casa las mismas que en la suya? Qué interesante... ¿sabe usted que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas? Tanta gente me lo confirmó que llegué a la conclusión que somos una inmensa mayoría. Y entonces me pregunto, si somos tantos, ¿por qué nos acostumbramos tan fácilmente a los atropellos de los insolentes? Yo se lo voy a contestar.
Porque es más cómodo, y uno se acostumbra a cualquier cosa para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.
Le
propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros. No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un tacho de basura. Si no hay un tacho de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la primer regla. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.
Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.
Si es automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón.
Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.
Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial insolencia. Yo creo que la insolencia colectiva tiene un solo antídoto: la responsabilidad individual. Creo que la grandeza de una nación comienza por aprender a mantenerla limpia y ordenada. Si todos somos capaces de hacer esto, seremos capaces de hacer cualquier cosa.
Porque hay que aprender a hacerlo todos los días. Ése es el desafío. Los insolentes tienen éxito porque son insolentes todos los días, todo el tiempo. Nuestro país está condenado: o aprende a cargar con la disciplina o cargará siempre con el arrepentimiento.
¿A usted qué le parece? ¿Podremos reconocernos en la calle?
Espero no haber sido insolente. En ese caso, disculpe...
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De Luis Britto García. Imágenes ilustrativas de Théodore de Bry.
Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuatémoc, he venido a encontrar a los que celebran el encuentro.
Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que la encontraron hace quinientos años.
Aquí pues nos encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante. Nunca tendremos otra cosa.
El
hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron. El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme. El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses, aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros, sin pedirles consentimiento. Yo los voy descubriendo.
También yo puedo reclamar pagos, también puedo reclamar intereses.
Consta en el Archivo de Indias. Papel sobre papel, recibo sobre recibo, firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a Sanlúcar de Barrameda 185.000 kg de oro y 16.000.000 kg de plata provenientes de América. ¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron al Séptimo Mandamiento. ¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre del hermano! ¿Genocidio? ¡Eso sería dar crédito a calumniadores como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro de 'destrucción de las Indias', o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la inundación de metales preciosos. ¡No! Esos 185.000 kg de oro y 16.000.000 kg de plata deben ser considerados como el primero de muchos préstamos amigables de América destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir su devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios. Yo, Guaicaipuro Cuatémoc, prefiero creer en la menos ofensiva de las hipótesis.
Tan
fabulosas exportaciones de capital no fueron más que el inicio de un plan Marshall-tezuma, para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización. Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos: ¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o, por lo menos, productivo de los recursos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional? Deploramos decir que no.
En lo estratégico, lo dilapidaron en las 'batallas de Lepanto', en 'armadas invencibles', en 'terceros reichs' y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como Panamá pero sin canal.
En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta el Tercer Mundo. Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman, conforme a la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar. Y nos obliga a reclamarles, por su propio bien, el pago del capital y los intereses que, tan generosamente, hemos demorado todos estos siglos.
Al
decir esto aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a los hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas flotantes de 20%, y hasta 30%, que los hermanos europeos le cobran a los pueblos del Tercer Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo de 10% anual, acumulado sólo durante los últimos 300 años.
Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 180.000 kg de oro y 16.000.000 kg de plata, ambas elevadas a la potencia de 300. Es decir, un número para cuya expresión total serían necesarias más de 300 cifras y que supera ampliamente el peso total de la Tierra. ¡Muy pesadas son esas moles de oro y plata! ¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?
Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo.
Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos.
Pero
sí exigimos en forma inmediata la firma de una 'carta de intención' que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente; y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica.
Dicen los pesimistas del Viejo Mundo que su civilización está en una bancarrota tal que les impide cumplir con sus compromisos financieros o morales.
En tal caso, nos contentaríamos con que nos pagaran entregándonos la bala con la que mataron al Poeta.
Pero no podrán.
Porque esa bala es el corazón de Europa.
Etiquetas: América, colonización, deuda externa, genocidio, Luis Britto García, Théodore de Bry 0 comentarios